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martes, 16 de diciembre de 2014



Crítica de Barro, de Laura Lorena Feijo



Por Nicolás Cordone

Isadora Duncan, marcó un antes y un después en la historia y en la forma de concebir la danza. No solo se opuso al adiestramiento del ballet clásico, sino a su estética y forma de narrar. En este caso nos centramos en su constante búsqueda de inspiración en la naturaleza y la relación que se establece así, con la puesta de Laura Lorena Feijoó llamada Barro.

Escribe Grissy Santomauro (UBA) acerca de la búsqueda de Isadora Duncan:

“Asimismo, planteó un retorno a la Naturaleza y promovió su observación, ya que se dio cuenta de que el hombre, inmerso en la cultura, ha perdido su movimiento natural. Serán fuente de inspiración las hojas movidas por la brisa, el mar, las olas, las nubes” (2009)

Feijoó, por su parte eligió el barro. Dicho elemento no es sino la fusión de otros dos: el agua y la tierra, por ende, conservará características de ambos. Estas cualidades serán transferidas a esta puesta en escena; habrá una, por sobre todo, que se destacará: la ductilidad.

Ductilidad que veremos en el uso de los cuerpos de los bailarines/intérpretes. El barro es un elemento dúctil como ya hemos dicho, moldeable. Esta característica será transferida a los interpretes que comenzarán planteando un origen común de los seres humanos, para luego transformarse, mostrarnos roles, formas de vincularnos, y el final común que todos también tenemos.



La Nueva danza a la que aspiraba “la sagrada Duncan” no contaría de manera tradicional, tal como lo hace el ballet, sino que se valdría de otros movimientos no tan codificados como ocurre en esa danza tradicional. En la puesta de Feijoó se deja leer la misma búsqueda: observamos cuerpos que expresan no desde la rigidez de la forma, sino desde el movimiento que nace del alma. Dicho movimiento no es estético… sino más bien expresivo, y quizás allí se halle la riqueza de dicha búsqueda.

Pero además aparece la pobreza para potenciar a esos cuerpos que hablan a través del movimiento. Y entendemos aquí la riqueza, como esa sagrada búsqueda de la que habla Peter Brook en la que los artistas se despojan de los artilugios de grandes vestuarios y/o escenografías. En barro hay simpleza no solo en el movimiento, sino también en la ropa, y ausencia de grandes escenografías. Así, contrariamente a lo que podría pensarse, uno no tiene la sensación de carencia o de que algo le “falta” a la obra. Sentimos, por el contrario, que no hay una preocupación por rellenar y distraernos con espejos de colores, sino dejarnos cara a cara con lo esencial del mensaje.





Entonces, la sagrada Isadora seguramente vería con buenos ojos esta puesta. En Barro vemos movimiento, vemos coreografía y danza, pero despojado de la búsqueda de virtuosismo. Vemos cuerpos que más que simplemente representar, expresan. Podríamos asegurar, entonces, que vemos movimiento puesto al servicio de la expresión y no a la inversa. El cuerpo se transforma así en un canal para llegar al alma. Al asistir a Barro, asistimos a la construcción de significado y a un viaje de emociones a través del cuerpo, pero cuyo destino es el alma.

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